miércoles, 9 de mayo de 2012

Edelmira

(Tomado de EL GLOBO Órgano Oficial de la Operación Taburete 2 No. 6 / Martes 8 de mayo de 2012)

Ha sido la voz cantante de un coro multitudinario. Su sonrisa nos ha acompañado en estos días de organizar lo inimaginable. Sin su infatigable hacer nada hubiera sido lo que fue, y de poco hubiera servido levantarle el ánimo a más de un escéptico.
Ella no se ha quitado las botas y prosigue su camino inventando nuevas locuras, sin importarle demasiado que a algunos la vida les pase la cuenta y no sean capaces de mirar a la cima, esa que seguiremos buscando porque existe gente linda como Edelmira, culpable de muchos de nuestros sueños, culpable de que tratemos —y no podamos— colocarnos a su altura.
De la amena charla que sostuvimos en su apartamento con vista a la calle y horizonte infinito, son las palabras que tengo a bien ofrecer a sus hermanos de graduación.

Cuéntame de tu infancia.
Nací en la clínica La Dependiente, hoy Clínico Quirúrgico de 10 de Octubre. Viví en Calzada de Luyanó y Teresa Blanco hasta los seis años. En la escuelita primaria de la zona solo hice el preescolar y un pedacito de primer grado. Luego fui a parar a Altahabana, y ese fue mi barrio hasta los veinte años. Mi papá fue militar y mi mamá ama de casa, cosa muy típica de aquella época, y yo una gordita, como todas las gorditas, hija única a quien le costó trabajo abrirse camino en el mundo de los seres humanos, porque no tenía hermanos, no tenía primos, no tenía a nadie… y se sabe que tanto el calvo como el gordo dejan de ser quienes son para convertirse en El Calvo y El Gordo. Generalmente los gorditos son el blanco de las bromas de mucha gente, y eso me obligó a imponerme a determinadas cosas.
El sexto grado nos sorprendió a todos con una especie de movimiento renovador que se produjo en la educación cubana; quizás ya viniera sucediendo, pero solo entonces tomamos conciencia de ello. Debo reconocer que me vi motivada solamente por la idea de salir de la casa, estudiar mi secundaria y mi pre fuera de ella. Todavía me pregunto cómo con esa edad yo me creé esa idea y cómo estuve tan clara, ¿no? No me concebía estudiando en el pre de Boyeros, yendo y viniendo en las rutas 60 y 76, que ya ni existen.
La idea fue mía, no fue de mis padres: quería irme a la Lenin o a cualquier parte —la Isla, Ceiba 4, Ceiba 3…— que no fuera los Camilitos, porque nunca, a pesar de ser hija de militar, me gustó serlo, y ya tú ves: la vida me puso a trabajar con militares y guardo muy buenos recuerdos de ellos.
Parece que mis padres se dieron cuenta de que no había manera de entenderse conmigo, y ninguno de los dos se opuso. Y llegué a la Lenin con once años de edad…

Declaraste en estas mismas páginas que a tu ingreso en la Lenin querías independizarte, y lo escribiste con mayúsculas…
El hijo único tiene la desgracia de tener sobre sí los ojos de todo el mundo. Yo soy de una familia mediana, donde todo el mundo guarda relativa distancia, y era el centro de todo, todo, todo. Tuve un destello y tuve la preclara idea de que mi futuro no estaba entre las cuatro paredes de la casa, para evitar lo que muchos muchachos de esa edad quieren evitar: que los sigan controlando. Yo no era para nada madura: maduré bien tarde. Mi posibilidad de huir, escaparme, independizarme, salir de la mira de mis padres era esa… y me fui.

La propaganda oficial respecto a las escuelas en el campo, y la Lenin en particular, era muy fuerte…
Exacto. Entrar en una de esas escuelas era enfrentarse a lo desconocido, a la aventura, a lo novedoso. Fíjate si fue así —ahora da risa— que hasta los kikos plásticos nos parecían bonitos, yo los veía preciosos. Después, cuando me metí en ellos, me molestaron un poco, y de hecho fui de las que se liberó rápidamente de ellos. Ahora observo las fotos y hasta risa me da ver a las hembras con las medias a mitad de pierna. Hasta el abrigo… ahora otras generaciones lo llaman “el bolchevique”: mi hijo lo tuvo guardado en el escaparate desde que entró a la Lenin en el 2004 hasta que salió en el 2007. En los años en que él estuvo allá traté de ir muy poco, porque a él no le gustaba mucho, así que sólo iba a las reuniones de padres.

Qué tiempos, ¿eh? Todo eso que mencionaste era regalado…
Así mismito. ¿Te acuerdas de cuántas cosas nos daban? Recuerdo que a nosotras nos entregaron batas de casa, pijamas —yo sufría porque lo quería de florecitas y me tocó azul—, trusas estampadas…

Chancletas, botas, camisetas, calzoncillos…
…¡y almohadillas sanitarias! Recuerdo que algunas muchachitas ni tenían menstruación y eran buscadas por las otras para que le regalaran los paquetes… ¡Medias!, cuántas veces nos dieron medias…

De ser ahora, nos hubieran dado hasta condones.
No lo dudo. Después, cuando vino el despertar de la coquetería, todas nosotras nos pusimos en función de alargarle el escote a la trusa… También nos daban short, tenis y pulóver para la Educación Física. Y ni hablar de la cantidad de sábanas, fundas y toallas que recibíamos.

¿No te asustó una escuela tan grande?
En la Lenin me sentí como hormiguita. Me decía: aquí voy a perderme, qué grande es esto… Nunca derramé una lágrima cuando llegué a la escuela, jamás extrañé, me sentía muy bien allí, pero jamás me aventuré a ir más allá de esos edificios que terminaban junto a la piscina de secundaria. Miraba hacia allá como si aquello fuera El Vedado: era una frontera que no se podía traspasar. Era lo desconocido, quizás lo peor. Viví encerrada en el mundo del B-4, albergue pegado al hospital donde estuve desde séptimo hasta noveno.

¿Te mantuviste siendo la muchacha buena y estudiosa que eras?
La evolución le llega a todo el mundo con el despertar de las “gónadas”. Primero uno tiene que abrirse camino, porque todo en la vida no es color de rosa, y el paso de nosotros por la Lenin no lo fue: hubo quién tuvo más verdes que maduras. Estás ante personas que nunca en tu vida has visto, de distintos medios sociales, de diferente formación. Hablamos del año 74, las cosas eran muy diferentes.
Buena estudiante fui en séptimo y en octavo; ya en noveno empezó la liberación: cógele al dobladillo, a la blusa hazle pinzas, la saya bájatela a la cadera, porque eso era lo que se usaba. Las muchachas se daban cuenta de que el pelo les quedaba más bonito de un lado que del otro, y se hacían el torniquete… lo descubrí y no me lo quitaba: de hecho hay gente que me asocia con un pañuelo amarrado sobre la cabeza cada vez que iba para la Industria.
En 10mo. no puedo decir que era la mejor estudiante, porque tener 94 de promedio en aquella época era ser un alumno regular, sobre todo cuando supimos que el penúltimo curso contaría a la hora de acceder a una carrera universitaria. A partir de ese año decidí compartir mi tiempo entre escaparme a la piscina y escaparme a la recreación. Lo único que nunca hice —y lo digo con mucho orgullo— fue escaparme de la escuela.

No sabes lo que te perdiste…
Pues yo era muy feliz allí. Todo lo que yo quería lo tenía a mano en nuestra escuela. Te imaginas: yo escapándome, llegando a mi casa sin ningún motivo, sin ninguna explicación…

La explicación yo se la daba a los trabajadores de Coppelia.
¿Al Vedado yo?… Ni siquiera a Altahabana, pues ninguno de mis compañeros vivía en mi barrio ni en los alrededores… Pero —contestando a tu pregunta anterior— buena, buena, buena nunca fui.

Declaraste también que al volver a la Lenin en el 2004 te espantaste. ¿Crees que el deterioro de nuestra escuela ha sido solo físico?
El deterioro es consecuencia de la crisis de valores que estamos padeciendo. No en balde nos enseñaron que el ser social determina la conciencia social. La escuela se deterioró, en primer lugar, por el paso inexorable del tiempo. Cuando fui a la Lenin en el 2004 me dije: por aquí ha pasado todo lo que de nefasto tuvo el periodo especial, más el abandono previo que hubo allí, y encima de eso la negligencia de todos los que tienen que ver con ello, comenzando por los propios estudiantes.
Con motivo de la Operación Milagro la escuela se arregló; fueron a un nivel tan exquisito que llegaron a extremos innecesarios, como el de colocar aires acondicionados en los cubículos que los alumnos después se encargaron de desbaratar. Y aunque nosotros no fuimos santos, en nuestros años se cuidaba más, y hasta se castigaban con rigor las negligencias y maltratos.
En la Lenin se han hecho algunos experimentos que han costado caro, como el de unir distintos tipos de enseñanza.

Estudiaste Derecho. ¿Ya desde entonces añorabas a tu gente, o la universidad te hizo olvidarlos un tanto?
El bichito siempre estuvo en mí, y eso nos pasa a todos. Recuerdo que cuando estaba en primer año de la carrera mi grupo hizo el intento por verse en el Pico Blanco…

Un buen lugar. Hoy no es tan blanco…
Así es, pero en aquella época era un punto de reunión constante… Pero los años pasan, la gente se dedica a lo suyo… El bicho lo tengo conmigo porque allí se quedaron los mejores años de nuestra adolescencia.
Debo confesar que la primicia en esto es de Chichita, alias María Cristina Zamora. Chicha fue la persona que por primera vez tuvo la idea de volver a reunirnos. Empezó esto, si la mente no me falla, en el año 96. Yo no fui al primer encuentro porque no me enteré.
Mareo a todo el mundo hablando de la Lenin. No es orgullo vano: es lo bueno de haber estado allí… Me encuentro un día pidiendo botella con Sara Urra, que era militar en esa época, con grados de mayor. La veo y ya tú sabes: ella llegó a su casa a las mil y quinientas y yo a mi trabajo otro tanto. Nos pusimos a conversar y conversar, y los carros pasaban y no paraban porque nosotras estábamos muy entretenidas, y en medio de todo eso me dice: “¡No fuiste al primer encuentro, y Chichita está organizando el segundo, en el Museo de la Revolución!”. El fin de semana mi pensamiento estuvo concentrado en eso nada más. Fue uno de los pocos encuentros donde he llorado: lloré porque no reconocí a muchos, y lloré por otras tantas cosas…
En 1999, viviendo en este apartamento ya, teléfono en mano, Chichita y yo hicimos el intento de buscar un lugar y hacer algo, pero al final la idea no fructificó por determinadas circunstancias. En el 2003 le digo a Sara Urra: llevamos varios años tratando de reunir a la gente, vamos a hacer al menos una reunión de nuestro grupo. Y gracias a la memoria prodigiosa que ella tiene hicimos la lista completa y empezamos a llamar personas. Los Somonte ofrecieron su casa, y comenzó a crecer la cosa, ya no era solo mi grupo: hasta Elsa Candás fue. Y allí se reunieron muchísimos personas de ruso y muchísimas de inglés.
Del 2003 para acá me ha dado por eso.

¿Cuándo surgió la idea de volver a la Sierra del Rosario?
No recuerdo… A ver: hay un grupo de personas a las que llamo “los fieles”, que van a todo, son los más locos. Y con esos locos se habla de ideas, y esta de regresar al Taburete no sé si se me ocurrió a mí o a otro compañero. Lo cierto es que dije: ah, está bien, me voy a poner en función de eso, con la misma persistencia con que hago las demás cosas.
Ahora mismo, la idea de “bailar los 50” —todavía no ha cuajado, estamos buscando el momento oportuno— fue algo que yo dije delante de Benítez y de Yolanda Barreras. Cada vez que alguien dice algo que cuaja, el que se pueda brindar para hacer las gestiones que la haga; si en mis manos está, yo empiezo, y el que me quiera seguir, que me siga.

¿En qué momento Taburete 2 se convirtió en todo un tren?
La historia del tren comenzó el año pasado. En el 2008 organicé una actividad que me no me pareció muy buena. Tanto en esa, como en las anteriores, siempre hay montón de gente que gasta su tiempo en llamar por teléfono, en pasar correos, en ubicar aquí o ubicar allá…
Cuando en enero de 2011 se reunió aquella cantidad de personas en la Sociedad Catalana, nos dimos cuenta de que el “movimiento” nos sobrepasaba, y de que se había creado una complicidad muy bonita entre mucha gente, sobre todo las que han estado más cerca en todo este tiempo. Como se sabe quiénes son, no mencionaré nombres por si me olvido de alguien y me busco un rollo. Allí fue donde conocí a Maricusa; Olguita Ceballos me la tuvo que presentar, pues yo no me acordaba de ella. Luego se nos ocurrió lo del tren a las dos.
A partir de esa actividad alguien dijo: ¿por qué hay que verse cada tres o seis meses?, ¿es tan difícil hacer algo una vez al mes? Entonces, en febrero del año pasado, a Yamila Cohén se le ocurre la idea de convocar a un encuentro en El Diablo Tun Tún. Había una efervescencia tremenda, pero como la matiné de ese lugar es trovadoresca, nos quedamos con los deseos de bailar. Marlén Álvarez tuvo la iniciativa de invitarnos a su casa y para allá nos fuimos; aquello parecía una fiesta de los pases sabatinos de la beca.
Después hubo un campismo, y luego Marta Beltrán tuvo la idea de la primera Fiesta del Mamífero Nacional, y decidimos que de algún modo la casa de su mamá, acá en Miramar, fuera el cuartel general, hasta que un buen día Fátima convocó a todo el mundo para El Sauce, y así, casi todos los meses tuvimos algo que hacer. En alguno de aquellos encuentros salió a relucir el tema del Taburete.
Como tú decías, aquello se fue convirtiendo en algo más grande que nosotros mismos. Averigüé cuál era el teléfono de la base de campismo. Después mi suegra me dio el teléfono de la oficina de reservación adonde se suponía yo debía ir. La información circuló. Antes de que finalizara el pasado año fui por la oficina esa e hice mis averiguaciones. La idea inicial era pasarnos un fin de semana en la base de campismo El Taburete, pero comprendimos que muchas personas no están acostumbradas a ello. Yo misma me convencí de que lo ideal era ir y virar en el día. Lo del 21 fue una sugerencia del profesor Tony.
Para la carpetera de la base de campismo: Sonia, pido un aplauso, por la paciencia de tolerarme semana tras semana. Fue ella la que me dijo que no había que hacer la reservación, que el pago se podía hacer directamente.
A Tatiana Zayas se le ocurre la idea de hacer un anuncio en televisión. María Elena y yo nos fuimos un día de febrero, muy preparaditas, para el Canal Habana, donde nos recibió el director del programa Coordenadas y salimos al aire… salí yo, que fui la que tuvo que poner la cara. Dimos varios teléfonos: el de Marta, el de Elvia, el de María Elena y el mío.
A partir de ahí comenzaron a suceder cosas muy interesantes, y llamaba mucha gente. Me di cuenta de que aquello iba a ser una cosa enorme. La cifra de comprometidos era superior a cien personas. Veinticuatro horas antes de partir éramos ciento noventa.
Y apareciste tú. Fuiste uno de los que descubrimos en el vendaval este.

Yo me enteré por Maricusa y Anicia, luego hablé contigo. Me sugeriste escribir algo…
¿Te lo sugerí yo? Ni me acordaba…

Fue así. Pero no estamos aquí para hablar de El Globo…
Estás casada hace veinticinco años. Tu esposo no solo se ha sensibilizado con los temas La Lenin y Taburete, sino que, con infinito estoicismo, ha soportado las numerosas horas diarias que dedicas a atender a tus compañeros de graduación. Ahora tendrá paciencia también para permitirme la siguiente pregunta: ¿qué sentiste al comprobar que nosotros, los varones de tu año, nos mantenemos tan atractivos, fortachones y sexis como en nuestros años mozos?
Já: inmediatamente fui a mirarme en el espejo, porque dije: si ellos se ven así, yo debo verme regia. Nosotras, en los encuentros, nos apoyamos muchísimo, pues nos decimos: “¡Fulana, estás igualita, conservada en formol, dame la receta!…
Volviendo a ustedes los varones: los veo bellos.

No sé a ti, pero lo que pasó el sábado 21 de abril me quitó diez años de encima.
A mí me ha quitado treinta y dos, me siento divina. El que se monta en el tren la primera vez, no se baja nunca más. Quizás haya alguien que se montó y no quiso o no quiere seguir, eso lo dirá el tiempo, pero allí se manifestó una apoteosis de sentimientos, algo que hasta ese minuto yo no había visto nunca.

Era una química difícil de explicar. Te lo dice alguien que odia la Química…
Pusimos la vara sentimental muy alta, y muchas cosas buenas tienen que salir de aquí. Se viven tiempos de un individualismo feroz, y eso le ha trastocado la vida a unos cuantos, a diferencia de la época nuestra en la Lenin, que era muy romántica. Esto sirve para algo más allá de lo sentimental: para que se cree un sentimiento de solidaridad, de hermandad y de cooperación entre todos nosotros, pasando por encima de lo bien o terrible que nos haya llevado la vida. Yo te puedo tender la mano o tú me la puedes tender a mí, y lo hacemos como hermanos.

¿Estás conciente de ser nuestra presidenta?
Soy para nada introvertida, pero me da mucha pena…